El Carnaval de Luzón (Guadalajara)

Año 2018. El Carnaval de Luzón se pospone un par de semanas debido al temporal de frío y nieve que azota buena parte de España. Ahí llega la oportunidad para estos dos zascandiles. Sin pensárnoslo dos veces, cogemos el petate y marchamos a este maravilloso pueblo de la provincia de Guadalajara. Los diablos y las mascarillas nos esperan. Las buenas expectativas que llevamos se ven superadas por completo ante el extraordinario espectáculo que vemos. Todo ello con un ambiente magnífico.

¿Dónde está Luzón?

Luzón es una pequeña villa del norte de Guadalajara. Se ubica en la comarca del señorío de Molina, a muy pocos kilómetros de la provincia de Soria, ya en Castilla y León. Es un municipio bien comunicado. La forma más cómoda de llegar, por ejemplo si se va desde Madrid, como fue nuestro caso, es tomando la autovía A-2 y, a la altura de Alcolea del Pinar, coger el desvío que nos introduce en la N-211. Tras algo más de 15 kilómetros tomaremos la vía GU-947. A los 3 kilómetros nos encontraremos con el pueblo.

¿Cómo es el Carnaval de Luzón, en Guadalajara?

Esta celebración tiene origen incierto, aunque lo más probable es que naciese en la Edad Media. Una vez al año, concretamente el sábado de Carnaval, los diablos de Luzón emergen de los infiernos para hacer acto de presencia en esta pequeña localidad. ¿Su aspecto? Terrorífico. Negros como la oscuridad. Se embadurnan con una mezcla de hollín y aceite, ataviados con un sallo negro y en la cadera un cinturón con enormes cencerros. A modo de dientes, una patata cortada, el único tono claro que se puede ver en su aspecto, porque hasta su majestuosa cornamenta es nigérrima. Todo aquel que no vaya con la cara cubierta, será marcado por los diablos.

Diablo con su dentadura de patata

Por todo el pueblo asoman otro tipo de personajes, las mascarillas. Se distinguen por su traje regional, su bastón y el sombrero o peluca. Por supuesto, una máscara, por regla general, de color blanco. Sin expresión alguna. Las mascarillas están a salvo de los diablos, son respetadas por ellos. Su vara evita cualquier duda. Todo ello va acompañado de dulzaina y tamboril, otorgando un estupendo ambiente a la festividad.

Mascarilla con sombrero

El Carnaval de Luzón está declarado Bien de Interés Turístico Provincial. En la segunda mitad del siglo XX fue perdiendo interés hasta, prácticamente, desaparecer. Los jóvenes de la localidad volvieron a retomar la tradición en la década de los 90, levantando el enorme fervor que causa a día de hoy. Aunque ha cambiado esta celebración, adaptándose a los tiempos que corren. Por ejemplo, ahora está permitido ser diablo a mujeres y niños, cuando antes estaba solo reservado a los hombres. Cada año, decenas de fotógrafos viajan a este carnaval para comprobar de primera mano su espectacularidad, y es que está considerado uno de los más importantes y originales de Castilla-La Mancha.

Grupo de mascarillas posando

Nuestra experiencia en el Carnaval de Luzon

Llegamos a Luzón sobre la hora de comer. Sabíamos que el jolgorio empezaba entrada la tarde, alrededor de las 17:30, por lo que aparcamos y nos dirigimos a la plaza de España. Era evidente, buscábamos el bar Luzón, único en la villa. Pedimos refrigerios y unos bocadillos para aplacar la hambruna perruna que llevábamos encima. Dimos buena cuenta de ello y salimos a zascandilear.

Tras sufrir un percance fotográfico, visitamos los mayores puntos de interés del pueblo. Son muchos, y eso que no es un pueblo especialmente grande. Por supuesto, esto lo contaremos en su debido post. Hoy toca centrarse en el carnaval. Una vez vistos los encantos de Luzón, volvimos al coche para coger nuestros disfraces. Seríamos una botella de Jägermeister, con braga tapando la cara, y un politoxicómano en chándal, con un plumas y máscara de Scream. Poco elaborado, pero válido.

Disfraces poco trabajados, pero dieron juego

Esperamos en la plaza de España tomando un digestivo mientras iban apareciendo las primeras mascarillas. Poco a poco se iba llenando el espacio de disfraces. Nos gustó mucho la pareja que iba de Cazafantasmas. Fotografías sin parar hasta que, a lo lejos, se empezó a escuchar una melodía seguida de cencerreo. Corriendo para ver la llegada de los diablos, previa colocación del atuendo en la cara para no ser marcados por ellos.

Se dejaban ver las primeras mascarillas

Hemos visto pocas escenas tan espectaculares. Los diablos saliendo disparados con sus cencerros a pintar la cara aquellas personas atrevidas que no taparon su faz. No se libró ni la reportera de CMMedia que andaba haciendo un reportaje. Tampoco se libró uno de los dos zascandiles que, al bajarse la braga para hacer mejor una instantánea, vio cómo un diablo salido de la nada le marcaba la nariz. Gracioso descuido. Tras ver cómo danzaban los diablos haciendo tronar sus cencerros, los dulzaineros, acompañados de tamboril, bombo y platillo, emprendieron la marcha por el pueblo.

Los diablos resultan espectaculares de cerca

Paradas estretégicas en la puerta de la capilla de los Escolapios y en el monumento a los diablos para las fotografías grupales de diablos y mascarillas. Los diablos, ya con un par de marchas menos, se dejaban fotografiar en solitario, momentos que aprovechamos para retratarles. Vuelta a la plaza de España para seguir con la fiesta. Durante el trayecto, una amable mascarilla tuvo a bien ofrecernos beber de su bota y obsequiarnos con una rosquilla. Gente de diez por estos lares.

Finalizada la marcha, los diablos posaban para los fotógrafos

Últimos instantes bailando y disfrutando de este magnífico carnaval. Cierto es que ver a estos personajes ataviados de semejante manera es impresionante, muy llamativo. Pero nos vemos en la obligación de destacar el excelente ambiente que existe en la festividad. Además, no existe una gran masificación, hay bastante gente, pero se está muy cómodo y se disfruta de verdad.

Nos despedimos hasta el año que viene. Sí. Porque el sábado de Carnaval de aquí hasta que estemos impedidos lo vamos a marcar en rojo. Salvo catástrofe, decidimos acudir de ahora en adelante. Merece mucho la pena. Los diablos asustaron a varios niños, pero a nosotros nos robaron el corazón. Lo mismo que las mascarillas y los dulzaineros. El próximo año llevaremos un disfraz más ocurrente. O quién sabe, lo mismo dejamos que nos marquen la cara de negro los diablos. No seríamos los únicos.