El abuelo Paulino, un día cualquiera

Se levantó temprano, como siempre. Tras hacerse la cama miró la nevera para sacar el queso y cortar un trozo, era una extraña manía que poseía desde hace tiempo. Todavía faltaba un buen rato hasta que Martín se despertara, por lo que se puso manos a la obra con algunas tareas del hogar. Tocaba poner alguna lavadora. Así comenzaba un día más en la Alcarria conquense. Así empezaba un día de verano más en la vida de Paulino.

Escuchó un pitido en la calle. Llegaba el pan. Se hizo con dos barras y algunos bollos para el desayuno de Martín. En la cocina volvió a sacar el queso, puso un par de rebanadas de pan a tostar y sacó el aceite. Al mismo tiempo puso agua a hervir para “hacerse unas hierbas”, como él lo llamaba. Esta costumbre se la introdujo su hija Inés, pensando en su bienestar, ya que con 72 años no convenía seguir tomando café. Mientras daba cuenta del desayuno pensó en su querida Amalia, cómo hacía ya más de tres años que le dejó solo por una maldita enfermedad. Por dentro daba gracias a Dios por las semanas de estío en las que Martín le hacía compañía.

Todavía se valía muy bien, la prótesis de acero que le pusieron en la rodilla allá por 2012, de momento le respetaba, aunque el frío invierno se le hacía ya muy duro. A veces pensaba que sería mejor pasar, al menos, los meses de diciembre y enero en Madrid con su hija, su yerno y su nieto, pero descartaba la idea rápidamente por evitar ser un estorbo. La lavadora le llamó, así que sacó la colada y se puso a tenderla en el patio. Justo cuando terminó se escuchó la puerta de Martín. Se había puesto en pie.

Sacó la leche, el Cola-Cao y los bollos para que su adormilado nieto desayunase. Tras darle los buenos días le informó sobre la rutina matutina. Sobre todo hacía hincapié en dejar cerrada la casa cuando se fuese con los amigos. Bajó Paulino al huerto para regar y, de paso, como cada mañana, comprobar si podía sacar alguna hortaliza ya disponible para el consumo. Varios puñados de judías verdes y dos calabacines, especialmente uno bien hermoso, subieron con él a casa. Martín ya no estaba y se había llevado la bici. Andaría zascandileando con los amigos.

Tras dejar la cosecha en la mesa de la cocina, volvió a salir de casa. Puso rumbo a la cueva de Cándido. Allí le esperaban el susodicho, Pedro y Juan, juntos formaban la cuadrilla desde que eran mozos. No había día que los cuatro no celebrasen, con un vaso de vino, el seguir juntos, circunstancia nada usual, por otra parte. Tras almorzar se despidió de sus amigos hasta la tarde, tenía que subir a hacerle la comida a Martín.

Sacó los pocos chorizos que aún le quedaban de la matanza y se puso a freirlos, al igual que algunos zarajos que sobraron del día anterior. Al poco tiempo llegó su nieto sudando, como siempre. Agradecía que con sus 12 años dejase de lado los aparatos electrónicos y se dedicase a jugar en la calle con sus amigos. Tras lavarse las manos, Martín se puso a ayudarle con la ensalada. Le encantaba el sabor de los productos de la huerta que sacaba su abuelo. De este modo, se sentaron uno frente a otro y empezaron a comer. Martín le contó que casi atropella con la bici a la señora Justa, por lo que Paulino tuvo que advertir a su nieto sobre ir deprisa con la bicicleta por las calles del pueblo. En el fondo, por dentro, le hacía gracia. Él era igual de temerario y valiente cuando era joven.

-¿Echas de menos a la abuela?-preguntó Martín.

-No te puedes hacer una idea-dijo Paulino sincerándose.

-Yo también-acompañó melancólico el nieto.

Después de poner sus cacharros en la pila, Martín se fue a ver la tele al salón. A Paulino le esperaba el catre y un par de horas de siesta.

Cuando se levantó, Martín seguía viendo esos escandalosos programas juveniles. El sol fulminante del día ya había secado la ropa tendida, por lo que se fue directo a la tabla de planchar y se dispuso a ello. Encendió la radio, ya que le hacía más llevadera la tediosa labor del planchado. Cuando estaba terminando, su nieto asomó la cabeza para despedirse, se volvía a marchar con los amigos.

Una vez terminada la tarea y llevada al cuarto de Martín su ropa, cogió las llaves del 600 y salió camino de la fuente del Cardo con varias garrafas vacías. El agua del grifo se podía beber, pero llevaba mucha cal y su sabor no era muy bueno, por lo que prefería el agua natural de la fuente, aunque fuese más laborioso adquirirla. Todavía conducía sin demasiados problemas, aunque descartaba, por miedo, los desplazamientos largos.

Descargadas las garrafas en casa, volvío a salir en dirección al bar Perales, el único del pueblo. Allí le esperaban ya sentados Pedro, Juan y Cándido. El tapete estaba puesto, con los amarracos en el medio y la baraja de cartas a un lado. Pidió un chato de vino y se sentó a echar la partida de mus, probablemente su momento preferido del día. Muchas veces se entristecía al ver que eran las únicas personas de la villa que seguían jugando a las cartas a diario. Mientras siguiesen en pie, mantendrían la tradición. Poco antes de terminar apareció Martín, al cual le gustaba ver jugar a su abuelo. Esta vez consiguió contemplar como Paulino, con un farol de primer nivel, se hacía con la partida.

Abuelo y nieto subieron contentos a casa, rememorando esa última jugada maestra. Al llegar se pusieron a cenar. Sobraban algunos chorizos del medio día, por lo que, acompañados de un poco de calabacín a la plancha, supusieron la cena del día.

Sonó el móvil. Era Inés, su hija. Paulino le pasó el móvil a Martín para que hablase con su madre. Al rato escuchó a su nieto vocear.

-¡Abuelo! Dice mamá  que te pongas- chilló Martín.

-Dime guapetona-dijo Paulino.

-Papá, ¿cómo estás?- preguntó Inés.

-Bien, como siempre. Encantado con el muchacho, me hace mucha compañía-comentó el abuelo.

-Más o menos de eso quería hablarte. Aunque el fin de semana nos pasaremos por el pueblo a recoger a Martín, quería decírtelo ya. Me gustaría que te vinieses a Moratalaz en invierno, bueno… El tiempo que quieras-dijo Inés.

– No sé hija, no quiero ser un estorbo…-se hizo de rogar Paulino.

El resto de la conversación se sobrentiende. Podía haber sido un día más, pero no. Fue el día que llevaba tiempo esperando. El día que se sintió querido e integrado plenamente en su familia. El día en que su único punto débil, el frío invierno de la Alcarria, iba a desaparecer. El día en que hacer feliz a un abuelo no costó nada más que una llamada. Un gran día.